sábado, 3 de agosto de 2013

entrada importada XII


27/05/2010   -  a sus plantas rendido un león




soriano reloaded. este libro, francamente, me esta matando de risa.

transcurre en una imaginaria colonia africana inglesa llamada bongwutsi, donde el consul argentino (que en realidad no es consul, sino un empleado de la embajada que ante el abandono del embajador se hace pasar por consul y sobrevive a duras penas en un edificio destruido bañandose con jabon para la ropa) se ve en problemas con el embajador ingles tras la toma de las malvinas en el ’82 (y ademas, porque se acuesta con su mujer, cosa que el embajador ignora). el ingles, tras la toma de las islas, declara una zona antiargentina rodeando su embajada, marginando ademas al consul argentino de todas las reuniones protocolares.

de pronto a la embajada argentina llega un guerrillero irlandes, quien acude al consul argentino pidiendo asilo en la embajada, ya que planea sublevar al pueblo de bongwutsi contra los ingleses, que a su vez tendrian sus tropas destinadas a recuperar las malvinas. el irlandes esta aliado con un guerrillero del pais que esta por llegar desde suiza, acompañado de otro argentino al que convencio de “entrar en la revolucion” y un sultan musulman al que convencio de financiar su proyecto, inventando que habia descubierto un metodo para sintetizar whisky desalcoholizado que podria ser aprobado por el coran.

en la embajada el consul y el irlandes tomaron de rehen a un espia frances que creen contrarevolucionario (pero que no esta ni enterado de todo el asunto). a su vez, el guerrillero africano aliado del irlandes envia desde el exterior la valija llena de dinero del musulman para financiar la revolucion, la cual llega a la embajada. el argentino inicialmente cree que se trata de armas, pero al abrirla encuentra los billetes y decide mandar la revolucion al carajo y escaparse con la valija. aprovecha para hacerlo una noche en que el irlandes se hace pasar por embajador paraguayo para entrar en una fiesta en la embajada britanica y recuperar cartas que el consul argentino le envio a la mujer del embajador, las cuales podrian causar un ataque a la embajada argentina por parte del ingles y frustrar los planes revolucionarios. el irlandes, cuando se encuentra en la habitacion del ingles con las cartas en su poder, es interceptado por un espia ruso que lo apuñala en la garganta con la punta de un paraguas cargada con suero de la verdad (!), le roba las cartas creyendo que son un mensaje codificado crucial para el destino de la guerra fria y lo tira por la ventana.

el irlandes todo maltrecho sobrevive y vuelve a la embajada, no sin antes cruzarse con el argentino que se esta escapando con la valija, seguido por una multitud de nativos de bongwutsi y un espia aleman que observaron caer algunos billetes de la misma. el irlandes ve eso e interpreta que el argentino esta consiguiendo sublevar al pueblo y se siente un idiota por haber quedado de lado en la revolucion, frente al argentino al que ni siquiera habia visto muy emocionado por el asunto. la parte que transcribo sucede cuando el irlandes, que todavia no puede hablar por el paraguazo, intenta contarle a su rehen-espia frances como va siguiendo la “revolucion”:

O’Connell se dijo que tenía que hablar con ese hombre de cualquier modo. Sólo sabía escribir unas pocas palabras en francés, así que intentó hacerse entender por gestos. 
Dejó la linterna sobre un peldaño de la escalera y levantó las manos pidiendo atención. Luego, con la punta de un dedo se tocó primero el pecho y después los labios, y retrocedió unos pasos para situarse en el haz de luz. Bouvard seguía insultándolo, pero en su cara empezaba a pintarse la curiosidad. El irlandés hizo el ademán de sostener un paraguas, se señaló el cuello e imitó el movimiento de una jeringa. Luego dibujó una ventana en el aire y juntó los dedos para describir un semicírculo que la atravesara hacia abajo. Bouvard redobló las maldiciones y amenazas por lo que O’Connell supo que no
había logrado transmitir la idea con precisión. Volvió a levantar los brazos pidiendo silencio, y el prisionero, cubierto de espuma, le dedicó una mirada cansada. La luz empezaba a vacilar. El irlandés se llevó las manos a la cintura, flexionó las rodillas, y empezó a bailar como un mujik. Los saltos sobre un solo pie, con las rodillas dobladas, le hacían doler la espalda, pero quería ser claro y concluyó el mensaje con los brazos abiertos y la cabeza tumbada sobre el pecho. Cuando levantó la vista encontró a Bouvard con la boca abierta de asombro y la frente estragada por los tics. El moho había desaparecido de su cara salpicada de grumos de jabón y con la mano libre se tironeaba los pelos del pecho como un mono. Sonreía con una mueca extraviada, cerrando un ojo.
— Ya lo tengo… —dijo en un hilo de voz—: El acorazado Potemkin de Eisenstein…
O’Connell lo miró, desconcertado. El francés asentía con una sonrisa y se refregaba la mano libre con la otra, atada a una viga. Al irlandés le pareció inútil seguir contándole su historia y encaró la cuestión que más le interesaba. Trazó un signo de interrogación en el espacio y Bouvard asintió, entusiasmado. O’Connell apuntó el dedo hacia arriba para señalar el consulado y caminó unos pasos abatido, como lo hacía Bertoldi.
—Sin aliento, de Godard —dijo el francés y se quedó esperando la confirmación.
El irlandés movió la cabeza, resignado, y decidió llevarlo al despacho para explicarle mejor. La soga se había hinchado con la humedad y le costó desatarlo. Mientras subían por la escalera, Bouvard probó con otras películas y exigió que antes de comenzar con la mímica, el irlandés le indicara cuántas palabras tenía el título.


tendrian que haberme visto, leyendo esto en el colectivo y riendome sola, para diversion de los demas pasajeros…

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