sábado, 3 de agosto de 2013

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sobre la guerra (18/04/2010)


un texto escrito por mi papa, acerca de un video publicado en http://wikileaks.org/

yo no lo vi. no tuve la suficiente sangre fria, ni creo que me agregue nada mas que tristeza ver cosas horribles que ya imagino que suceden (aunque no pueda entender como, aunque no soporte intentar ponerme en la mente de quien las comete, y solo sienta impotencia al pensar en eso, se que hay… no se como llamarlos… seres, que son capaces de pisar asi las vidas de personas indefensas, incluyendo niños, gente que hace años vive cotidianamente el horror de la guerra esperando el dia en que los liberen, o en que los maten…)

me basta con recordar algunas cosas que se han hecho en este mundo y a las que todavia no les encuentro explicacion. me basta leer la impotencia de mi viejo, recordar cuando eramos chiquitos y nos dijo que lamentaba no habernos traido a un mundo mejor, recordar que en ese momento no lo entendi, sospechar que algun dia voy a tener que decirles lo mismo a mis hijos…

espero aunque sea ir haciendo pequeñas cositas para despertar mas mentes, conseguir que haya mas personas que tomen como un objetivo dejar un futuro mejor que al que llegaron. asi papa y tantos otros podamos dejar de sentirnos tristes e impotentes.




Decir que la guerra es y ha sido siempre una de las mayores calamidades de la humanidad no representa realmente nada novedoso. Si lo es, por lo menos desde hace unas pocas décadas, la deshumanización progresiva y sistemática de la guerra. Así, si un soldado romano debía atravesar a un enemigo con su acero, debía hacerlo frente a él y mirándolo a los ojos. Hoy, se puede destruir a un semejante desde muchos kilómetros de distancia, siendo el blanco apenas un pequeño elemento en una pantalla de radar, perdiéndose completamente la relación sicológica vinculante con el hombre a eliminar.
Hace unos pocos días, se filtró desde la inteligencia militar de los EEUU, un video tomado hace un par de años, y que posteriormente fue desencriptado y colocado en la WEB por particulares. Todo lo que aparece en él son imágenes tomadas desde la pantalla de la computadora de un helicóptero Apache, en pleno vuelo sobre la región de Nueva Bagdad en Iraq.
En determinado momento la pantalla hace una ampliación de la zona observada, y en ella pueden verse claramente seis o siete hombres caminando lentamente por las calles desiertas de la ciudad. Uno de ellos lleva una cámara de fotografía o video colgada del cuello. Los demás se encuentran claramente desarmados y desplazándose de manera totalmente normal. A posteriori nos enteraremos que uno de ellos era un periodista de Reuters, y otro, un camarógrafo de la misma agencia. Del resto de los hombres es poco o nada lo que se conoce.
Algo que llama la atención es que los caminantes, en ningún momento levantan la vista al cielo para buscar o mirar al helicóptero. Evidentemente, se encuentra muy lejos, y ellos no lo ven ni escuchan. Seguramente, visto desde el suelo, es apenas un pequeño puntito en el espacio.
En determinado momento, la tripulación se comunica con su base, describiendo a las personas que están observando. Pocos segundos después llega la respuesta pedida: deben “comprometerse” con la situación, eufemismo militar indicando que deberán ser aniquilados.
Son ahora seis o siete cadáveres los que caminan por las calles. Alguien en el Olimpo les ha bajado el pulgar. Son seis o siete muertos que avanzan creyendo que todavía son hombres. Son seis o siete personas, involuntarios e ignorantes jugadores de un videojuego mortal, en el que les ha tocado actuar la parte del perdedor.
La nave realiza una amplia curva alrededor de la zona mientras los miembros de la tripulación hacen algunas bromas, y se aprestan a realizar su tarea. Para ellos es simplemente un juego de gana o gana. Sólo se trata de eliminar unos cuantos píxeles molestos de la pantalla.
Entonces, Zeus lanza su rayo. Comienza a escucharse el tableteo de la ametralladora del helicóptero, y recién un par de interminables segundos después, otro indicio de la enorme distancia entre las víctimas y sus verdugos, se levanta la brutal polvareda, testigo del impacto de las balas al deshacer los cuerpos y todo lo que los rodea.
Ellos no tuvieron oportunidad de ver la amenaza y ponerse a cubierto.
No tuvieron la oportunidad de decir que no eran enemigos.
Si lo hubieran sido, no tuvieron la opción de rendirse.
Si hubieran sido juzgados y condenados a muerte, no tuvieron derecho a una última voluntad.
Increíblemente, uno de los hombres no ha muerto. Se arrastra penosamente por la calle usando los brazos, sus piernas totalmente paralizadas. Al llegar al borde de la vereda queda exánime, con su cabeza apoyada sobre el cordón, y el resto del cuerpo en la acera, imposibilitado ya de moverse.
Una camioneta se detiene junto al herido. Ven un montón de muertos y alguien agonizando. Intentan subir al hombre y llevarlo a un hospital. Dos personas descienden y toman al herido de los hombros y de los pies. Nos enteraremos más tarde de que en el vehículo quedaron dos niños.
Nuevamente una comunicación de la tripulación con la base, y otra vez en la lacónica respuesta, la indicación de “comprometerse”.
El drama se repite. Los hombres son ametrallados mientas transportan al agonizante para subirlo al vehículo. Están a centímetros de la camioneta, y ésta también recibe la lluvia de balas. Después sabremos que los niños han sido heridos gravemente.
Poco más tarde llegan al lugar de la masacre unas tropas y un tanque yanquis con objeto de evaluar la situación. Inadvertidamente el tanque pasa por encima de uno de los cuerpos aplastándolo completamente. La tripulación del Apache empieza a hacer algunas bromas sobre el tema. Comienzan a reír descaradamente.
Y es ahí donde caemos en la cuenta de nuestro error. De nuestra increíble equivocación. No hay seres humanos tripulando la nave. No por lo menos algo digno de ese nombre. Se trata sólo de un simple engranaje de huesos y carne, repugnante extensión de tornillos, transistores y pantallas, ensamblados y ajustados para matar hombres de la manera más eficiente posible. Se trata apenas de un mísero eslabón de una infernal maquinaria de matar, que sencillamente oprime los gatillos de las armas, controlado a su vez por un teniente, controlado por un general, controlado por el estado mayor, controlado por el gobierno, controlado por las empresas que financian la guerra…
Y que va´cer – diría Doña Rosa, meneando la cabeza, con el ceño fruncido, cerrando el diario donde acaba de leer esta noticia, que ha venido a amargarle un poquito el día. – Son cosas que pasan. Son cosas de la guerra.-
Lo que Doña Rosa no sabe, lo que ni siquiera puede imaginarse, es que abrumada por los quehaceres diarios que no le dejan lugar para lo realmente importante, o bien por una falta de compromiso para preocuparse por sucesos tan lejanos a su propia vida, de una manera lenta y oculta pero brutal e inexorable, ella también se ha ido transformando poco a poco y sin darse cuenta, en una molécula, en una partícula, en una tuerca de esa abominable maquinaria de muerte y destrucción.

Juan Carlos Petino

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